Recaigo en la adicción de tu invierno mientras todo se vuelve ruidoso tras mi retina. Huele a cafeína y a sueños atrapados bajo el colchón, la lluvia no para de susurrarme. Me duelen los huesos, aunque en realidad no los siento, solo noto el sabor amargo de la nostalgia. Nostalgia a mis recuerdos. Nostalgia a la nada en su significado absoluto. Guardo tus misterios en una taza de té, me los trago a palo seco y procedo a temblar de frío, tras notar el calor desaparecer de mi organismo. El calor del invierno me derrite el corazón, y aún así no consigue curarlo.
Veo pasar tus días, los míos, y me pierdo en la rutina, resbalo en el eco de tus mañanas, la melodía de sus prejuicios. Me miro y no veo nada más que lo que el pasado decidió olvidar, lo que podría haber sido, lo que nunca seré. Me camuflo en los viernes, que nunca me dejan en paz. La lluvia me desconcentra, me deja aturdida. Me llega hasta lo más hondo del alma. La cabezonería me nubla la vista y el orgullo me deja mal sabor de boca. Me dejo caer en lo que queda de sentido, no me arrepiento ni me voy a dar la oportunidad de hacerlo.
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