Que tengo millones de cosas que decir y que en realidad no sé ni por donde llegar a empezar.
Siempre he creído que el arrepentimiento era el analgésico de los moralistas y el anestésico de los cobardes.
Creo que los dos nos merecíamos un lugar, el último lugar del mundo, dónde pasar unas vacaciones tranquilas, hasta cierto punto, indiferentes.
Todo puede solucionarse si estás convencido de que tu opinión, o tú manera de ver las cosas, puede ser corregida.
Pero... ¿qué nos lleva a ese convencimiento? Porque estoy segura de que no es sólo cuestión de voluntad o de decisión, sino que más bien intervienen la inteligencia y la generosidad con la que en algún punto de tu vida te encontraste. ¿Y el miedo?, ¿y la confianza? Todo cuestión de suerte y cuestión de suerte también el que lo entiendas, que necesites devolverlo de alguna manera.
Me gusta la gente con heridas, el dolor como antesala de la ternura; y esas cosas. Y que suele ser gente inteligente. Lo que no soporto es la gente con complejos. Porque suele ser, finalmente, muy mala gente.
Y luego está la gente que, en cuento se hace daño a sí misma, te acuchilla. La solución es borrarlos de tu mapa, no hay medias tintas.
Llevo cientos de horas debatiendo mentalmente cuáles serán las prioridades para mi vida a seguir ahora que he abierto un poco los ojos. Me he quitado estas nubes de los parpados y he optado por el alcohol y los estupefacientes, a veces el rock and roll, a veces por las noches, besos y movimientos telúricos, sombras de desconocidos que se pasean entre suspiros fabricados en serie, un montón de improperios escondidos en trozos de poemas sangrientos, recitados en calles estrechas de veredas sucias que me invitan a dormir sin culpas.
Y mientras me tragaba todos tus silencios confeccionados con esa molesta actitud tan tuya, pensaba en la cantidad de cosas que hubiera querido hacer contigo y con tu recuerdo. Colgarte luces de navidad del cuello y matarte con la mirada. Lentamente. Como si de eso tratara nuestras miserables vidas. Matarnos de a poco, poquito, hasta perder la conciencia y lanzarnos al abismo de la nada. Esa nada tan tuya y tan mía que no era nuestra, sino dos pedazos de algo que no juntaban ni pegaban.
Entonces, luego de tan magistral suicidio emocional, me decido a preguntarte si recuerdas mi nombre, mi apodo, mis uñas mordidas, mis gestos prolijos y mis pensamientos absurdos. Yo te he escuchado desde que se acabó el siglo pasado. Incluso he creído ver algunas de tus facciones caminar por esta ciudad, he visto los colores de tu pelo y de tus ojos en peatones anónimos y la extensión de tus brazos empujar los míos. Te he visto de todas las formas que puedas llegar a imaginar. Como una seguidilla de personajes que componen tu ausencia, permíteme decir, que pese a que desatabas mis más profundos sentimientos, no he vuelto a necesitarte desde que te fuiste.
Parece ser una buena noticia, por lo menos para mí. Mi idea de vida subnormal rayaba en la locura de saber que podía disolverte mentalmente, a todas horas, en cualquier lugar.
No sé qué hacer con este nudo en la garganta que me asfixia y me reclama esas antiguas ilusiones. La gracia de que mis átomos te extrañen cruelmente, componen esta sensación de saber que puede existir nuevamente algo que tenga más sentido que este mundo que vive por y para pisotear a los demás, comprobar que efectivamente mucho de aquello que pienso no es compartido, pero que pese a sentirme devastada y mutilada, tiene sentido porque tú se lo entregas.
No quiero que cambies. No quiero que transformen tu imagen perfecta. No quiero que te metas de cabeza entre la gente que sólo es gente por montón. No. Porque la única forma de salvarte es que leas esto. Una y otra vez. Vuelve a leerlo. No te aburras de mis palabras que son completamente tuyas, porque si lo haces, la misión que me asignaron no tendría sentido y mi mundo entero se caería. Por favor, deja de revolver entrañas ajenas y concéntrate en pensar e imaginar, un mundo nuevo, lleno de esos arcoíris que confeccioné para ti cuando era importante. Yo me quedo con los vestigios y con la idea fascinante de un nuevo prisma.
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